La Pluma y la Espuma. Blog de la escritora Clara Asunción García

Si hay un mar, un libro o una cerveza cerca, soy feliz. Si estoy acompañada cuando eso sucede, lo soy aún más.

sábado, 5 de marzo de 2016

"¿TE LO PUEDES CREER?"

MI RELATO EN LA ANTOLOGÍA "DONDE NO PUEDAS AMAR, NO TE DEMORES"

"Donde no puedas amar, no te demores"
Una editorial, veinte años, doce autoras, doce historias.

    Como ya sabéis, la Editorial Egales cumple 20 años, y lo celebra editando una antología que reúne a doce autoras de la casa con doce historias salidas de sus plumas. La antología lleva por título una frase de la escritora Frida Kahlo, “Donde no puedas amar, no te demores”, y tengo el inmenso placer de forma parte de ella con el relato titulado “¿Te lo puedes creer?”.

   Esta antología supone algo algo más que una celebración literaria: es una conmemoración de la visibilidad, la normalización, el sentimiento y la lucha.
   Feliz de compartirla con mis compañeras Mila MartínezEmma MarsIsabel FrancYolanda Arroyo PizarroMaría Ángeles CabréMaría CastrejónJosa FructuosoThais Morales GonzálezCarme Pollina TarrésMaria Pia Poveda y Paloma Ruiz.


***
  Sinopsis de "¿Te lo puedes creer?": Beatriz acaba de dimitir de su cargo dentro del colectivo LGTBQ de su universidad. Susana quiere hacerle una entrevista. La charla transcurrirá entre arroz, tarta de almendra, chupitos, hoyuelos y la Marcha Imperial de Darth Vader.

¿Os apetece leer sus primeras páginas? 


***
"¿TE LO PUEDES CREER?"
- Relato incluido en la antología "Donde no puedas amar, no te demores" -


Introducción

—Eres del colectivo, ¿verdad?
Me giro hacia la voz que me interpela. Es una chica morena, de pelo largo y lacio, ojos marrones y sonrisa franca, que me mira con gesto interrogante. Frunzo el ceño y su sonrisa se ensancha, al tiempo que ladea la cara en un gesto de disculpa.
—Perdona que te asalte así. Me llamo Susana, soy de Periodismo y trabajo en el periódico del campus. Me han dicho que eres la presidenta de Iris, el grupo LGTBQ de la uni. Beatriz, ¿no?
—No. Sí.
Sus cejas se arquean con sorpresa. Lógico. Pero que no es por marear a la chica, a ver, es solo que son las dos de la tarde y tengo hambre y estoy cabreada. Y cuando es esa hora, aún no he comido y estoy mosqueada, mi patria son los hunos y mi nombre es Atila.
Pero esta chica no tiene la culpa.
—Ya no soy la presidenta —aclaro, suavizando el tono—. Pero sí, me llamo Beatriz.
Ella hace un pequeño gesto de contrariedad.
—Vaya. Supongo que la información no estaba actualizada.
—Habría sido realmente meritorio —digo—. Acabo de dimitir.
—Ah, pues…
—¡Bea! ¡Bea de las narices, quieta ahí! —berrea una voz a lo lejos, interrumpiéndonos.
Hostia, no, pienso con fastidio. De entre todos los seres humanos que pueblan el planeta, de entre los miles de millones, la dueña de esa voz, justo ella y solo ella, es la única que podría ponerme de peor humor hoy, si eso es posible.
—Me vas a explicar tú ahora mismito qué ha pasado —continua la voz en el mismo tono, acercándose—. ¡Por mi coño que me lo explicas!
Pues sí, es posible. Me acaba de subir el nivel de bilirrubina de una forma bestial. No me giro hacia la voz, ¿para qué? De sobra sé qué tamaña energúmena hallaré al final de mi mirada: Jacoba. Jaco. Maschutesno.
Lo que me faltaba.
La aspirante a portavoz de la Asociación de Poligoneras llega hasta nosotras sin aliento. Sus nerviosos ojos azules hacen un breve barrido en dirección hacia la chica de Periodismo, pero rápidamente la cataloga como un individuo no computable para su misión.
Sé cuál es. Como he dicho, acabo de dimitir.
—No me llames Bea, sabes que no me gusta —digo.
Lo digo ya por decir, porque para qué. Sé que caerá en saco roto, como los mil millones de veces que se lo he dicho, que le he dicho «Jaco, no me llames así, que no me gusta». Pero ella, claro, esta en teoría mejor amiga mía, se pasará mi petición por el forro.
Exactamente como sucede en la mil millones una.
—Paso, Bea. Hace exactamente cinco minutos que has perdido tus putos privilegios reales.
—Una gran pérdida, ciertamente.
—Oye, no te pongas perra conmigo, ¿vale?, que yo no tengo la culpa. —Señala con el pulgar hacia su espalda, al edificio que alberga la zona de asociaciones—. ¿Se puede saber qué mierda ha pasado ahí dentro? ¿Ya está, te largas, así, de repente?
—Ya está. Me largo. Así. Pero no tan de repente. Sabes que me lo estaba pensando hace mucho.
—¡Pero nunca te tomé en serio! —exclama, alzando los brazos—. ¿Desde cuándo te he tomado yo a ti en serio, a ver?
Cierto, qué tonta soy. Jacoba nunca me hace caso. En nada. ¿Por qué creéis, si no, que está cursando Estudios Francófonos Aplicados?
Pues eso.
Caigo en la cuenta de que hay un testigo más en aquella conversación. Sonrío, ladeando la cabeza hacia… ¿Susana? Sí, eso era. Como la del ratón.
—Esta es Susana —digo—. Estudia Periodismo. Susana, esta es Jacoba. No te digo qué estudia porque no tendrías ni idea de qué es o para qué sirve, así que solo te diré que es miembro, no dimisionario, del grupo. Hace tiempo debí usar mis reales privilegios para colgarla del palo mayor, pero me perdió la inconstancia.
Susana, que ha asistido a nuestro intercambio verbal en silencio, sonríe con educación.
—Hola.
—Sí, sí, encantada. —Jacoba la despacha en lo que dura un parpadeo y vuelve a centrar toda la atención en mí. Buena es ella para dejar escapar una presa—. No puedes irte así. No te dejaré hacerlo.
—Puedo, y de hecho ya ha sucedido. —Miro a Susana. La pobre mantiene una digna cara de circunstancias, pero tampoco es cuestión de alargar su agonía—. Perdona, pero ¿querías algo más o…?
La chica compone un gesto entre el desconcierto y la frustración.
—En realidad, te buscaba justamente para un reportaje sobre el grupo, para el periódico.
Señalo el edificio tras ella.
—Primera planta, puerta C-023. Allí estarán encantados de atenderte.
—No me puedo creer que estés haciendo esto —resopla Jacoba. En tres, dos, ¡uno! se le hinchará la vena del cuello. Oh, ahí está. Preciosa. Cualquier vampiro que se preciara se pondría a cien con ella—. ¡Tú creaste el grupo!
—Y ahora me desligo de él. —Me doy la vuelta, cansada—. Mira, ha sido una mañana de mierda. Nos vemos en casa, ¿vale? —Recuerdo a la estudiante de Periodismo y me giro hacia ella antes de empezar a alejarme—. Siento no haberte sido de ayuda.
—No importa —replica ella con gesto neutro.
—¡Usaré la sartén de las patatas fritas, la grande! —amenaza la voz de mi querida Jacobine a mis espaldas—. ¡Juro que lo haré! Te la voy a estampar en toda la jeta de gilipollas que tienes.
No lo hará. Entre otras cosas porque no tenemos una sartén específicamente para freír patatas, y mucho menos grande. Tal vez podría intentarlo con la carmela, pero dudo mucho que quiera arriesgarse a cargarse el único cacharro para tostar pan de la casa.
—Espera, por favor.
Me detengo. Lo hago porque no ha sido Jacoba la que me lo ha pedido y porque hay un «por favor» al final de la frase. Es que, como ya he dicho, tengo hambre y estoy cabreada. Si mirase hacia atrás, seguro que vería un yermo rastro de hierba a mi paso. Los campus con espacios verdes integrados son una maravilla, pero los arquitectos nunca piensan en las manadas de estudiantes que los pisotearán. Sobre todo, los que lo harán en modo caudillo de tribu conquistadora.
El caballo de Atila se llamaba Othar. No sé por qué me viene a la cabeza justo ese pensamiento, supongo que porque dos noches atrás salió en el Trivial; a Jacoba se le metió en la cabeza jugar una partida pese a que era casi medianoche y yo apenas me tenía en pie. Y bueno, lo que se dice jugar… poco jugamos, la verdad. A las cuatro de la mañana estaba vomitando toda la crema de orujo que horas antes había bebido con tanta alegría como inconsciencia. Es lo que toca, ya se sabe, época universitaria. Compartir piso con la bestia parda de tu mejor amiga. Desbarrar. Esquivar sartenes.  Esas cosas.
Juventud, divino tesoro.
Divago. Tengo que centrarme. Tengo hambre. Tengo a una chica frente a mí. ¿Qué más quiere? He abdicado. La reina ha muerto, viva la jodida reina de las narices.
Pero hago un esfuerzo. Como he dicho, ella no tiene la culpa.
—¿Sí? —pregunto, deteniéndome. Me ruge el estómago en ese instante. Perfecto. Momento embarazoso de propina, claro que sí—. Tengo hambre —explico, medio excusándome, medio justificándome.
Sonríe, y los ojos le brillan.
—Te invito a comer —dice—. Me gustaría hablar contigo, si tienes tiempo.

***

Podéis encontrar esta antología ya a la venta en las librerías Berkana de Madrid y Cómplices de Barcelona.

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