La Pluma y la Espuma. Blog de la escritora Clara Asunción García

Si hay un mar, un libro o una cerveza cerca, soy feliz. Si estoy acompañada cuando eso sucede, lo soy aún más.

viernes, 19 de febrero de 2016

#MARIMARYEVA MEET #CAROLYTHERESE


... Y ESTO ES LO QUE LES HA PARECIDO



(Ojo: spoilers. Si no te has leído el relato #Marimaryeva o visto la película Carol, tal vez no quieras continuar.
Pero, si lo haces, ahí va):


—Demasiado larga. Demasiado lenta.
      Es lo primero que escuchamos al salir de la sala. La opinión proviene de un grupo de cuatro veinteañeros, chicas y chicos, que se esperan unas a otros a la salida de la sala mientras terminan de colocarse los abrigos.
   —Anda, mira —me susurra Marimar, acercándose a mí cuando nos alejamos unos pasos de ellos—: ¡No hemos sido las únicas menores de sesenta en la sala!
     —Debe de ser por la hora, mujer —le digo, abotonándome la chaqueta—. A las cinco de la tarde, o estás balanceándote en un columpio, o delante del primer carajillo, removiendo las fichas de dominó.
   —Un carajillo, eso es lo que me vendría bien ahora, joder —resopla, mientras se acerca a mí para alzarme el cuello de la chaqueta, abrigándome.
     Le sonrío y ella esboza una mueca displicente.
     Atentos, en cero coma va a ponerse a renegar…
   —¿Qué? —rezonga—. Es que menudo nos va a ir mañana en el partido como tengas que parar los balones con la única ayuda de tus mocos.
   Amplío mi sonrisa. Ella gruñe. Todavía estamos trabajando esa parte. Le cuesta, le cuesta un poquito a mi Marimar, eso de aceptar que es tierna y dulce y detallista.
    Y que lo es conmigo.
   Con un último bufido mete las manos en los bolsillos de su abrigo y yo enlazo la mía en el hueco de su brazo. Y mi Marimar podrá rezongar todo lo que quiera, pero si esperabais que se mostrara incómoda o reticente ante mi gesto no podíais estar más equivocados: en eso es muy Carol Aird ella, muy «que os zurzan a todos, gilipollas. Soy lo que soy y no pienso disculparme por ello».
    Así que no solo no lo rechaza, sino que lo refuerza sacando su otra mano del bolsillo para entrelazar nuestros dedos.
     Y, claro, sonrío todavía más.
  —Bueno, ¿qué? —me pregunta, lanzándome una mirada expectante, cuando llevamos un par de minutos en silencio.
     —¿Qué de qué? —replico con desgana.
   Sus ojos se achinan primero, observándome con atención, para después agrandarse como platos.
      —Hostia —dice, atónita—, que no te ha gustado.
     Me remuevo, inquieta.
     —Bueno…
     —No, no te ha gustado —insiste, mirándome con detenimiento—. ¡No te ha gustado! —Se para y, con ello, a ambas—. ¡Te van a quitar el carnet de bollera premium! —exclama, soltando una risotada.
     Frunzo el ceño.
     —No te pases.
    Pero lo hará, se pasará. La conozco muy bien, no va a dejar escapar la presa. Es Marimar, la capulla que no le pasa la mitad de las veces la bola a Yolanda, aunque eso le pueda costar una reprimenda de la entrenadora (que no, porque para eso es la máxima anotadora del equipo y de la liga).
    Mi capulla particular alza los brazos en un gesto de lo más teatral.
   —¡Dios mío, preparad las naves! ¡Ya siento el desajuste en la rotación del planeta!
   Bueno, en realidad eso ya pasó, cuando se me declaró hace unos meses, en un escenario de lo más prosaico de balcón, rotonda monstruosa y carretera nacional al fondo.
     Y Carol tuvo mucho que ver en ello. Carol, el libro.
     —¡Oye…! —replico, algo molesta.
     Pero no sé si es por ella o por la decepción que acabo de experimentar.
    Porque, efectivamente, la adaptación cinematográfica de Carol no me ha gustado.
    —¿Qué? —inquiere—. ¿Que no? Joder, Eva, que eres tú, y es tu Carol, y «¡Oh, Dios, qué ganas tengo de que la estrenen!», y tu frase mantra, y el libro de libros y…
     —Vale, vale, ya lo he pillado —la corto con irritación.
     —Pues bésame —exige, luciendo una sonrisa pícara.
    Desde luego, no ha tardado en reclamarlo. ¡Menuda es ella! Un beso tras el cine es nuestra particular moneda en el bote de las palabrotas, solo que no pagamos por tacos sino por chascos. Como nuestros gustos cinematográficos difieren bastante, optamos por aplicar a nuestras salidas cinéfilas el principio democrático. Así, cada una escoge cada semana, de forma alternativa, la película que vamos a ver. Y si la que elige reniega de su elección, el pago en desagravio para la otra es un beso.
     Era eso o tirarnos las palomitas a la cara.
     Para que luego digan que las bolleras no somos civilizadas.
     Suspiro, sonriendo pese a todo.
    —Ah, ¿la señorita quiere que la bese? ¿Después de meter el dedo en la llaga?
     Ella sonríe como un lobo hambriento.
    —Oh, ni siquiera he empezado a darte candela de la buena, guapa. Esto es solo el principio.
     Elevo una ceja y me cruzo de brazos.
     —Eso no mejora en absoluto tus posibilidades, ¿sabes?
     Marimar hace una burda imitación de un puchero infantil.
     —¿Eso quiere decir que no vas a besarme?
   ¿Os he hablado alguna vez de sus preguntas retóricas? Bien, pues esta podría encajar en esa categoría. ¡Pues claro que la voy a besar! Lo sé yo, lo sabe ella, en menos de un minuto lo van a saber todos los transeúntes que pasen junto a nosotras, y hasta los conductores a los que les pille el semáforo en rojo lo van a saber.
     Pero esa, definitivamente, no es la cuestión. Estoy de morros, coño. Y Todd Haynes tiene la culpa.
      Pero primero, la beso. Nunca estoy lo suficientemente enfurruñada como para no comerle la boca a Marimar.
       Eso, jamás.
     —Vale —dice ella tras finalizar el beso, derritiéndose en una sonrisa que diluye sus facciones.
     Aunque solo es una breve, brevísima tregua.
     —A Eva no le gusta Carol… —canturrea sobre mis labios.
     —¡Mari, joder! —la increpo, molesta, intentando librarme de su agarre.
   —Mari, joder, ¿qué? —inquiere, burlona, abortando mi intento de fuga y sellando mis labios con un beso fugaz.
    En ese momento alguien toca el claxon desaforadamente al pasar junto a nosotras. Marimar está a punto de desenfundar su dedo corazón, pero entonces una voz femenina atrona desde la ventanilla abierta:
      —¡Métele caña, rubia!
   Y desaparece calle abajo dejando a su paso una estela de risas con Vanesa Martin y su 9 días a todo volumen de fondo.
    Aprovecho que Marimar se está despidiendo de la desconocida saludando a lo fallera de Valencia para desasirme y enfilar la entrada hacia el paseo marítimo. Pero ella recupera de inmediato el paso perdido y se pone a mi altura, empujándome con suavidad con el hombro.
    —Oye, que no pasa nada. No es un crimen que no te haya gustado la peli —dice, cogiéndome de la mano—. Tal vez una horda de bolleras integristas te persiga acusándote de blasfema, pero te prometo que haré todo lo posible para que no acabes en la hoguera.
     Emito un gruñido apenas audible.
    —Y no es cierto que te vayan a quitar el carnet, tonta —prosigue—. Una vez te has comido tu primer coño, lo tienes ya para los restos. Vitalicio, oiga.
    Gruño de nuevo, pero me sonrojo. Muchísimo. Aunque aprieto los labios para no concederle la sonrisa que sé que está esperando. Percibo de reojo cómo, adelantándose medio paso, gira su cuello hacia mí, ladeando la cabeza y (lo sé) elevando las cejas de modo frenético, estilo Groucho Marx pasado de speed.
      Me rindo en apenas un segundo.
     —Payasa —mascullo, mientras la sonrisa revienta en mi cara.
     —Eh, pero tu payasa, y de nadie más.
     —Déjame un par de años para decidir si eso es bueno o todo lo contrario.
     —Te concedo las próximas seis décadas.
    —¿Oh, sí? —La miro, elevando una ceja pero sonriendo como una condenada—. Pues sí que es usted optimista, medio hashtag mío.
     Ella imita mi elevación de entrecejo.
    —Oh, ¿que no? —dice—. ¿A ti no te tira la sisa tanto como a mí? —me increpa con fingida ofensa, señalándose el costado.
    Me detengo. La cojo de la nuca. La atraigo hacia mí. La beso. La beso. La beso. Y la beso.
     —Un poquitito sí, ahora que lo dices —exhalo casi sin aliento al separarme.
    Sonríe y vuelve a cogerme de la mano para reemprender la marcha. La luz de las farolas, somnolienta, tiñe el intrincado dibujo del mosaico del paseo. A la izquierda, el mar ruge un poquito.
    Pero solo un poquito, porque es el Mediterráneo.
    —Venga, desembucha —dice—. ¿Qué ha sido?
    Resoplo.
    —Es que…
    —¿Sí?
    —Rooney Mara…
    —¿Ajá?
  —Que ya no me encajó en el personaje cuando anunciaron que ella interpretaría a Therese…
    —Ajá...
    —Que no digo que no sea una buena actriz, ¿vale?, pero...
    —Pero… aún te dura el disgusto por lo de la Güachikosca, ¿verdad?
    —Wasikowska —corrijo—. Es que me parecía más adecuada.
    —Ya.
    —Y está ese… —No me atrevo ni a mencionarlo. Tomo aire con fuerza y lo dejo escapar por la nariz—. Ese…
  —Dilo, cariño, te hará bien sacarlo fuera —me alienta, dándome unas palmaditas en la espalda—. Suéltalo, venga.
    —Ese… ¡¡flequillo!!
    —¡Ese flequillo! —se solidariza Marimar.
    —¡Y esa cara de pánfila con la que se pasa toda la película, joder!
    —¡Esa cara de pánfila! —repite con entusiasmo.
  —Que, coño, era dulzura. D-U-L-Z-U-R-A. Y vulnerabilidad, inocencia, y despertar al amor, y… ¡No ñoñería! —me exaspero.
    —¡Di no a la ñoñería! —exclama Marimar levantando el puño.
    —Y esos morritos a lo Mario Vaquerizo, ¿eh? ¿Por qué esos morritos?
    —Hey, pero sus hoyuelos al sonreír la salvan, ¿no?
   —Pse, si hubiera sonreído más de dos o tres veces en las casi dos horas de película, tal vez… —Vuelvo a resoplar, exasperada—. Y Cate… Cate, por Dios —me lamento—. Que sí, vale, que la adoro y que es toda una señora, y una actriz como la copa de un pino, y todo lo que quieras, pero… ¿se puede saber dónde se ha dejado esta mujer la expresividad? ¡Joder, que una cosa es la contención del personaje y otra muy distinta pasarse toda la peli como si hubiera masticado palo de escoba!
   —Y a mí al principio me dio un poquito de miedo —añade Marimar—. Estaba como en plan «Soy la mujer dragón y te voy a comer, uhhhhh».
    —También —confirmo.
    —Oye, pero la ambientación…
  —¡Y a mí qué cojones me importa la ambientación! —estallo—. Si te esmeras en los detalles, pero me das una película vacía de emoción, ¿de qué sirve?
   —Ay, es que creo que el tío Todd ha estado más atento a los aspectos formales y estéticos que a los emocionales.
   —¡Y tanto, joder! ¿Tú has visto el amor por alguna parte? ¿La emoción, el sentimiento?
    —Mujer, se supone que en las miradas, los silencios…
    Elevo las cejas en un arco incrédulo.
    —¿Se «supone»? —Resoplo—. Pues si hay que suponerlo…
    —Ya. ¿Quieres que te bese?
    Hago un gesto distraído con la mano.
   —Cuando lleguemos al hostal. Deja que me cueza un poquito más en mi propia autoflagelación.
    —Mujer, no tienes la culpa de haberte hecho ilusiones.
    —¿Cómo que no? Soy lesbiana y me tiene que gustar Carol sí o sí, joder.
    Remato mi rabieta con una sonora patada contra el suelo.
    —O no. De verdad que te prometo que no dejaré que te echen a la pira. —Alza la mano como si realizara un solemne juramento—. Palabrita de lateral.
    —Dos detalles, dos —digo, enfadada—. Dos miserables detalles en toda la película para exteriorizar el sentimiento.
     —¿Cuando la arropa en el coche?
   —Y cuando le desea que se lo pase bien y le pone la mano sobre el hombro.
     —Cuando Therese cierra los ojos —dice.
    —Ajá. ¡Y eso, al final! —exclamo, contrariada—. Y ya está, pare usted de contar. ¿Se puede saber cómo sé yo que estas mujeres están enamoradas? ¿Hasta el punto de que una de ellas mande a tomar por saco las convenciones, el chantaje que lo parió y a su propia hija por la otra? ¡Vamos anda!
   —Eh, pero follan —dice Marimar, sonriendo de oreja a oreja—. Y no es como en el libro, no señor. Aquí, nada de sutilezas. —Me mira con suspicacia ante mi gesto evasivo—.  ¿Qué? ¿Tampoco en eso ha acertado el bueno del tío Todd?
    —Sí, vale, no han estado mal esas escenas… —admito a regañadientes
   —¿Pero…? —pregunta, sabiendo que hay uno a continuación—. ¿Es por haber rodado girando la cámara? Que mira que eso le ha quitado intensidad, coño. Muy estético, muy artístico y todo lo que tú quieras, majo, pero jode la escena que no veas.
    —¡Y ese momento Vivian Bell! —añado.
    —¿Vivian quién?
    —En la escena de sexo. Cuando a Therese… ya sabes… Carol le… y entonces Therese…
   —Oh, sí, sí. El momento Vivian Bell, por supuesto. —Marimar sonríe, aunque no parece tenerlas todas consigo—. Cuando a Therese Carol le y entonces Therese… Sí, sí —asevera, con un entusiasmo tan exagerado como falso.
   —Media hora más contigo —le recuerdo—. ¿Te acuerdas de esa peli?
   —Ah, sí. —Y, cayendo en la cuenta, añade con entusiasmo—: ¡Cuando se lo come!
   Qué fina es mi Marimar.
   Pero sí, ese momento.
   —A mí me la ha recordado muchísimo —digo.
  —Woah! Es que creo que esa escena sigue siendo de las mejores que se han rodado nunca.
   —Al menos, la más húmeda —digo, sonriendo.
   Marimar se ríe y aprieta mi brazo.
   —Bueno, ¿qué? ¿Se te ha pasado un poco el disgusto?
   —Pssse… —Me encojo de hombros.
   —Ya. No es LA película, ¿verdad?
   —No para mí.
   —Pero sigue siendo EL libro.
   Cabeceo.
   —Al menos, EL libro de aquí y ahora, a mis dieciocho.
   —Entiendo. —Se calla y deja pasar unos segundos antes de añadir—: Oye, ¿tú crees que es eso lo que le ha pasado?
   Miro a Marimar con un gesto de extrañeza. No sé si se refiere a quien se refiere.
    —¿Te estás refiriendo a quien te estás refiriendo? —pregunto con cautela.
   «Sí», deletrean sus labios en silencio, mientras, alzando las cejas, sus ojos señalan hacia un punto indeterminado por encima de nosotras.
   —¿Tú crees? —inquiero, bajando el tono de voz.
  No sé por qué, cada vez que nos referimos a quien nos referimos, lo hacemos en un reverente susurro.
    Y en cursiva.
    —Claro. Tiene su lógica —susurra a su vez—. Leyó el libro como Therese y ha visto la película como Carol.
    —Ah, pues podría ser, sí —digo, afirmando repetidas veces con la cabeza.
   —Te apuesto lo que quieras.
   —Pues no te digo que no, oye —digo, negando repetidas veces con la cabeza.
  Parecemos dos conspiradoras, ahí en mitad de la noche, hablando en susurros con las cabezas muy juntas. Pero por eso mismo me llevo un susto de muerte cuando, de súbito, Marimar se detiene y dice, alzando la voz:
    —¡Esternocleidomastoideo!
    —¿Qué?
    —¡Supercalifragilisticoespialidoso! —dice ahora.
    La miro como si le hubiera salido un señor bajito con bigote en la frente.
    —¿Se puede saber qué te pasa?
    Estoy acostumbrada a las cosas raras de Marimar, pero en este su episodio nonagésimo primero se ha salido de madre, cojones. ¡Qué susto!
  Ella se encoge de hombros, mientras su boca se tuerce en un gesto reverencial y regresa al susurro conspirador:
    —No soy yo, es ella.
    —Oh, ella —comprendo, igualando su tono.
   —Sí. Y todo lo de hasta ahora no ha sido sino un uso vil y descarado de nuestros personajes. Se ha parapetado en la ficción para dar su opinión sobre LA película, porque a ella fijo que sí le quitan el carnet premium, que no es que diga yo que no come coñ…
    La callo cerrando sus labios con mis dedos.
    —¿Tú quieres recrear esta noche en el hostal la escena de la peli?
    Su frenético cabeceo afirmativo y sus ojos haciendo chiribitas dicen «¡SÍ!».
    —Pues no la cabrees —siseo.
    —Pfmvale —replica ella con dificultad.
    —Ahora voy a quitar mis dedos de tu boca y nos vamos a coger de la mano y hacer mutis por el foro con toda tranquilidad, ¿de acuerdo?
    Vuelve de nuevo el furioso cabeceo:
     —Pfmde pfmcuerdo.
   Libero su boca. Marimar no dice ni mu. Qué bien se porta la cabrona cuando le interesa. Con esa idea en la cabeza, acercándose a mí, susurra, tan esperanzada como entusiasmada:
    —Entonces, ¿crees que lo terminará así? ¿Con la escena? ¿En el hostal? ¿Tú y yo teniendo un momento Vivien Bell? ¿Eh, eh, eh?
    El Groucho Marx espídico ha vuelto a sus cejas.
    Dios, solo le falta atusarse el bigote.
    —Depende de lo frustrada que esté —respondo—. Tal vez eso lo deje a la imaginación de quien esté leyendo esto y solo ponga algo así como «Marimar vuelve a cogerme de la mano y, sonriendo, tira de mí, mientras tararea, desafiando como una bellaca, ‘Cómo se hace una vida contigo’...».

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#HolaMeLlamoClaraSoyBolleraYNoMeHaGustadoCarol
#PeroTeSeguiréLlevandoEnMiCorazónCarolde1991cuandotenía23años
#ATiTambiénPatricia
#ATiNoRooney
#NuncaTeLoPerdonaréTíoTodd
#LaMejorLeñaParaUnaPiraEsLaDeEncinaYCarrascaPorSuLargaConsistenciaYDuración



2 comentarios:

  1. Me partoooo, tras el parapeto su puede criticar pero bien eh? Ja,jaaa. Como peli me gustó, como adaptación menos, eso es así. Teniendo en cuenta lo que hay por ahí en la tomografía les, este film se salva y mucho Dña. Clara, o no?

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    Respuestas
    1. Jaja, noo. Parapeto sería si no se supiera quién hay tras esa "ella" (susurrado y en cursiva). ;OP

      A mí no me gustó, ni como peli ni como adaptación. Emoción cero (el tío Todd creo que invirtió todo su esfuerzo en esa fotografía "tan bonita", esa ambientación "tan lograda", etecé, etecé).

      Pero es cierto lo que dices: para lo que hay por ahí, ¡para darse con un canto en los dientes!

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