La Pluma y la Espuma. Blog de la escritora Clara Asunción García

Si hay un mar, un libro o una cerveza cerca, soy feliz. Si estoy acompañada cuando eso sucede, lo soy aún más.

martes, 8 de diciembre de 2015

LEE UN FRAGMENTO DE "SEXO, ALCOHOL, PARACETAMOL Y UNA IMBÉCIL"

EL LIBRO DE RELATOS DE CATE MAYNES 



  Ya tengo a Cate más o menos convencida para que se venga a casa para este solsticio de invierno (aka Navidad). No está siendo fácil, porque si algo ha sacado esta chica de aquí su madre putativa es la cabezonería (maldita sea). Pero ahí vamos, entre whiskys (ella), tés (yo) (lo juro), revisiones, reescrituras, pruebas y nervios (¿tener un hijo? ¡Bah, eso está sobrevalorado! Probad a sacar un libro...¡y veréis!). 
  Así que, poquito a poco, vamos cumpliendo las etapas. Si todo va bien (y cuando digo bien me refiero a que a) Cate no vuelva a desaparecer, b) a mí no me dé un síncope, c) Amazon no me pille ojeriza, d) no se caiga Internet, e) el Universo tampoco me pille ojeriza, f) deje de perder el tiempo poniendo ítems...). Pues si nada de todo esto sucede, tanto a Cate como a mí nos encantará reencontrarnos con todxs vosotrxs la semana que viene (previsiblemente. Vamos, aproximadamente. O sea, ese sería nuestro deseo. Vamos, si no pasa a, b, c, d, e, f o cualquier otra letra del abecedario). 
  No sé si he aclarado algo. 
  Hasta que ese día llegue, aquí os dejo un adelanto de los relatos, un fragmento del primero de ellos, "Cada vez que haces eso".
  Espero que os guste la muestra. 


CADA VEZ QUE HACES ESO



Jueves, 21:23 h.

  —Cada vez que haces eso, Dios estrangula un gatito. ¿Lo sabías, imbécil?
Levanté la cabeza ante el sonido de la voz de Caroline y mi boca se curvó en un arco desdeñoso, al tiempo que emitía un bufido.
—Teniendo en cuenta lo poco que me importan ambos, Dios y gato —dije, sosteniendo el chupito que se había quedado a medio camino a la altura de mis labios—, si acaso lo que acabas de decirme es un extraño intento de regañarme, te pediría, por favor, que concretaras. Hoy tengo un ligero dolor de cabeza.
—¿Y cuándo Catherine Simone Maynes no lo tiene? —replicó ella, alzando una ceja.
Volví a bufar. Lo consideré esfuerzo suficiente para que Carol dedujera la respuesta, como así fue, porque la adorada voz de mi conciencia adoptó enseguida la postura del jarrón. Esa figura le sale de maravilla a esta mujer: una perfecta ejecución simétrica de brazos en arco, ceño fruncido y expresión «Madre putativa en modo regañina» ejecutándose en su rostro.
Que no tardó en llegar.
—Beber no te lo quitará, ¿no crees?
—¿Cómo que no? —repliqué—. Si lo hago hasta perder el conocimiento verás tú como sí.
Ahora fue ella la que bufó exasperada.
—¿Tú crees que esto es normal?
Moví la cabeza con un movimiento exagerado (en fin, todo lo que me lo permitía mi dolor de ídem) y vocalicé igualmente de desmedido cuando dije:
—No. Increíble, ¿verdad? La propietaria de un local en el que se sirven bebidas, sermoneando contra el consumo de las mismas. Alucina.
Caroline torció la boca en un gesto de contrariedad, sus ojos convertidos en dos rendijitas. Hala, allí iban mis próximas doscientas raciones de mayonesa.
Mierda.
—Como en todo, el secreto está en la moderación —dijo.
—Como en todo, exacto —repliqué yo—. ¿Lo aplicamos también a las reprimendas? De verdad que me duele la cabeza.
—Y, claro, en algún sitio has leído que empinar el codo es el mejor remedio, ¿no?
¿De veras había dicho eso? ¿Empinar el codo? 
Se lo dije:
—¿De veras has dicho eso? ¿Empinar el codo?
—Pues sí, ¿qué pasa?
—Eso digo yo, qué pasa hoy. ¿Te has levantado con el pie cambiado o qué, Carol?
—Pues mira, no. Levantarme, lo que se dice levantarme, lo he hecho estupendamente. He pasado una mañana muy normalita también. He ido al mercado y he comprado uva. ¿Te gusta la uva? A mí, sí; la blanca. Me pirra. Así que me he comprado un racimo y la he tomado de postre al mediodía. Después me he tumbado un ratito. Siempre me acuesto un rato después de comer, deberías probarlo, es muy sano. —Pequeña pausa y tono más intenso para añadir—: Ayuda a regenerar neuronas.
Tampoco habría hecho falta que se molestara en levantar las dos cejas para reforzar el mensaje no-tan-subliminal.
Pero qué queréis que os diga, a mí la uva, si no va mezclada con etanol, ni plim.
—Y he venido aquí —continuó—. Y todo iba la mar de bien, pero solo hasta que ha entrado por la puerta una chica tan maja como imbécil. Y mira, sí, ahí se me torció el día ya.
¡Bueno!, pensé con resignación. Estaba claro que hoy no iba a ser El Día de Chupitos Sin Límite Para Cate en el Powanda.
—Vale ya, ¿eh? —refunfuñé—. Que de verdad no me encuentro bien.
Iba a beberme el chupito, pero no sé si fue lo de la coacción por el estrangulamiento de mininos o el gesto ceñudo de Caroline lo que me detuvo.
Lo segundo, está claro.
—Oye, deja de mirarme así —protesté—. Emites mensajes contradictorios, ¿sabes? Eres como una señal de prohibido el paso que esté haciendo el gesto de «Pasen, pasen». ¡Joder, Carol, que estás detrás de la barra de un bar, con una legión de botellas a tu espalda!
—¡Marie, un combinado de salmón! —fue toda su respuesta, vociferada sin girarse.
Pues qué bien, cómo mejoraba el día, coño. No me dejaba beber, pero me daba de comer. Menuda mierda. No quería comer. Y menos comida sana. Y menos una que incluyera un pez. ¡Comida sana con un pez, por favor!
Comerse un pez muerto con la mayonesa restringida es una perspectiva terrible. ¡Terrible!
—Carol… —le advertí.
—Cate… —me imitó ella.
Y ahí estábamos de nuevo, metidas en nuestro habitual duelo de cabezonas. Esto venía ocurriendo desde que esta mujer me tomó confianza (y a su maternal cargo) en una ocasión que me pasé con la bebida y la lengua se me fue tras las cuitas de mi desconchado corazón (bonito tópico, en efecto: borrachuza le cuenta las penas a la barwoman). Hasta ese momento todo iba bien: yo estaba hecha una mierda, bebía hasta perder el conocimiento, follaba como una descosida con todo dios (en fin, diosa) y no sabía qué hacer con mi vida. ¡Era una mierda de vida perfecta!
Pero… un día me dio por entrar en un local llamado Powanda, con una dueña llamada Caroline, y ahí se acabó mi asquerosa buena racha. La susodicha propietaria se hartó del espectro cochambroso que hacía feo con la decoración (yo, por si no lo habéis pillado) y se acercó a hablar conmigo.
¡Para qué más! Tú dale a una borracha con la vida hecha mistos una oreja receptiva y ya puedes echarle horas. Ese día lloré mares y le conté a la pobre mujer todo lo que llevaba arrastrando desde que había abandonado Illica con el corazón laminado. Un relato que hablaba de amor desesperado, zorras pomposas, sangre canalla, la mujer de mi vida y un desafortunado disparo.
Eso, miseria arriba, miseria abajo, era un buen resumen de lo que me había hecho recalar en Océano. De cómo había pasado de ser una policía bien considerada a prácticamente una apestada, cambio de perspectiva producto de la campaña de desprestigio y hostigamiento que los De Sants habían emprendido contra mí. Total, por dejar en estado vegetativo al capullo de su hijo, un hideputa cuya cabeza acabó tropezando con una de las balas de mi pistola reglamentaria cierto día de mierda que todo saltó por los aires (parte de su corteza cerebral incluida).
Helena, por ejemplo. Helena fue una de esas cosas que saltó por los aires. Tan lejos que ya no pude alcanzarla, tan dolorosamente que me incapacitó para sentir cualquier otra cosa. El amor que se me volvió desesperado. Hija de los De Sants, hermana del capullo descerebrado. La mujer de mi vida.
Pero mujer, pensaréis. ¿Cómo no iba a dejarte? ¡Le volaste la cabeza a su hermano!
Pues sí, pero no. A ver, ¿por qué? ¿Por qué? Que sí, coño, de acuerdo, le volé la cabeza, lo admito. ¡Pero joder, esas cosas pasan! Sobre todo, si una de las partes implicadas es policía y la otra un cabrón sinvergüenza que se empeña en buscarle las cosquillas a la ley. La hostia casi que la tienes asegurada.
Y yo lo veía. Oh, vaya si veía al hermanísimo como un candidato perfecto a hostión. Y Helena también, claro que ella también lo veía. Porque Helena sabía cómo era su hermano. De qué pasta estaba hecho. Tenía claro que era un renglón, más que torcido, retorcido. Una línea punto y aparte que unos padres excesivamente protectores, equivocadamente indulgentes, habían dejado malcrecer mientras miraban hacia otro lado. Y así, Romus fue la mala hierba mimada, protegida y exculpada, crecida en un jardín en el que debía primar, por encima de todo, la belleza, por muy vacua que fuera, por muy aparente, por mucho veneno que ocultara su rutilante fachada. Un niño bien al que siempre se le había consentido todo. Un mocoso que creció y, con él, sus toleradas escaramuzas.
Pero llegó un momento en que ya no fueron pequeñas putadas o jodiendas propias de un capullo malcriado. Ya no fue emborracharse y estampar el Lamborghini contra la terraza del pub del que te acaban de expulsar. No fue trapichear con pequeñas cantidades, o enviar a todos tus contactos de WhatsApp la foto desnuda de uno de tus ligues de fin de semana. No fue desentenderte del embarazo de la ex siguiente a la siguiente ex, o liarte a puñetazos a la salida de una discoteca.
No, fueron más. Más peligrosas, con peores consecuencias, cruzando la línea de las faltas para entrar de lleno en el delito. Y yo lo veía, sí, vaya si lo veía. Observaba el saco engordando y engordando, con las costuras a punto de reventar. Y Helena también, por supuesto que también lo veía. Pero era su hermano. Y le asqueaba. Pero era su hermano. Y yo era yo. Pero él era él, era su hermano.
Y estaba escrito que en algún momento el saco reventaría y la brillante carrera del heredero De Sants como hideputa sobreprotegido tendría su primer tropiezo serio. Y lo tuvo, y fue muy, pero que muy serio. Mucho.
Que fue mi bala y quedó en coma y Helena me dejó.
Y es que, por muy canalla, hideputa y capullo malcriado que fuese, era su hermano.


Todo eso le conté aquel día a Caroline, entre mocos e hipidos. Mi mierda de vida. El asquito que daba. Lo horrible que era levantarse cada mañana. Y pasar el día. Y acostarse cada noche. Y volverse a levantar. Y no dormir. Y recordar. Y llorar.
La lástima que debí de darle estoy segura de que alcanzaría el nivel Gatito Con Ojos Enormes Y Húmedos en la escala de «Cosas adorables que te tocan la fibra (Sección Almas en Pena)», porque desde ese día Caroline me acogió como a una especie de hija putativa. Claro, siendo madre de hijo muerto... Creo que vine a ser para ella como una especie de sustitutivo filial. Y no es que me queje, a ver, solo que a veces eso supone un impedimento para mi borrachera de los jueves. Y eso jode. Un poco. Un poquito. Jode un poco poquito. ¡Que es la de los jueves, coño! (para vuestra información, el jueves es el día del 2x1 en decenas de bares de la ciudad).
Pero en fin, pese a eso, la cuestión es que Caroline fue una de mis primeras amigas en Océano, y en su putativa maternidad de acogida estaba empeñada en hacerme mantener unos hábitos mínimamente saludables (la amenaza del combinado de salmón era una muestra). Sí, cierto, también me servía alcohol, pero después de que yo desapareciera tiempo atrás durante varias semanas tras una acalorada discusión por el tema (no sé yo esta mujer qué pensaba que podría hacer en su bar sino bebérmelo de la A a la Z), Caroline procuró limitar el ámbito de su preocupación. Supongo que se dio cuenta de que si zapateaba con demasiada fuerza la bicha huiría espantada, así que echó el freno y se dejó de sermones apocalípticos (como podéis comprobar, los de menor entidad todavía los ejercía, para mi desgracia) y pasó a la táctica de los bufidos, los brazos en jarra y los peces muertos con guarnición de verdura. Probablemente llegó a la conclusión de que al menos, anclada a la barra del Powanda, por muy feo que hiciera con la decoración, podía mantenerme bajo el alcance de su radar. Creo que la pobre tenía la idea de que, lejos de ella, servidora se trasmutaba en algo así como una borrachuza de manual, una suerte de engendro de cara abotargada, párpados hinchados y vozarrón cazallero que iba dando tumbos de bar en bar y traspiés por oscuros callejones donde devolver a la madre Tierra el fruto de su destilación.
Y no, realmente. Podría parecerlo pero no, en absoluto: yo era una beoda muy de mi casa. De las de acabar la noche con la cabeza metida en inodoro propio y privado y no en ajeno y público. A mí, la pérdida de todo lo que tenía, de todo lo que era, de la vida que llevaba y del amor de mi vida, me dio para bebedora decente, discreta, de muy a lo suyo, con su vasito y sus circunstancias, ahí calladita, acodada sobre la barra del bar de turno, sin dar guerra ni la murga con mis penas (excepción hecha, claro, de Caroline). Beber y callar, eso era lo que yo hacía. 
Borracha, sí, pero toda una señora desecho, ojo.


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