La Pluma y la Espuma. Blog de la escritora Clara Asunción García

Si hay un mar, un libro o una cerveza cerca, soy feliz. Si estoy acompañada cuando eso sucede, lo soy aún más.

lunes, 7 de septiembre de 2015

AÑO NUEVO, PUÑADO DE PROYECTOS

PONGAMOS QUE EMPIEZA AQUÍ

 

  El final del verano llegó y tú partirás... ¿Quién no ha tarareado este clásico veraniego crepuscular? Notas con sabor a maletero lleno hasta los topes, restos de arena en los bolsillos y “Ricardito, por favor, te he dicho que NO te puedes llevar el cangrejo a casa”.
  A mí el final del verano siempre me costó un montón de latidos. Era llegar el 31 de agosto (fecha simbólica, pongámosla pues como hito) y se me escurría el ánimo por entre las costuras del pantalón corto. Era una sensación de final tan aplastante, tan acongojante, tan triste, que a la lumbrera que le dio por marcar el 31 de diciembre como símbolo de última etapa habría que decirle un par de cositas bien dichas. Porque, a ver, ¿Año Nuevo, 31 de diciembre? ¡Anda ya! ¿Qué es eso de que el reseteo anual sea en una noche en la que, sinceramente, si no fuera por la fuerza de la costumbre, a una no se le sacudiría la cosa emocional ni metiéndose un chute de mazapán adulterado con espumillón? Porque la verdad es que nunca siento que cambie nada en ese fugaz paso de las 23:59:59 del 31 de diciembre a las 00:00:01 del 1 de enero. ¿Qué carajo de sacudida puede ser esa, con la panza y la cabeza llenas, la una de hartura sangonereta (1) y la otra de la familiar? (NOTA: no, no es gracioso montarse un solo de zambomba antes, durante y después de cenar. Por mucho que te lo diga tu beodo entusiasmo, familiar peñazo de turno).
  A mí me resulta un ecuador anodino, forzado, insulso y hasta hortera (esas manadas de “bolas de Navidad” humanas, ellas de traje largo y pelo perifollo, ellos de chaqué y gomina, total para acabar unas y otros tirados en la acera cual desarrapados —y borrachuzos— guiñapos. Chicas, chicos, creedme: a la vida no la vais a encontrar en el fondo de un Tanqueray con limón, os lo digo en serio).
  Sin embargo, 31 de agosto… (o sea cual sea vuestro final de verano). Ah, damas y damos, 31 de agosto. Eso es otro cantar. El fin del verano siempre es sinónimo de marejada, derribo, ruptura, fundación(2). De desasosiego, por el fin de los días de luz y holgazanería, de los bocadillos de queso con aceite y arena (que quienes me conocen y han crecido conmigo saben que es mi asimilación personal y machacona a VERANO). De quebramiento, fundamentalmente de órgano vital (llámese esa cosa llamada corazón) si, por un causal, se te había ocurrido beber los vientos por la Criatura Inalcanzable Que Mirarás Y Por La Que Suspirarás, Pero Nunca Tendrás. De expectativa e ilusión, por el comienzo de las clases (sí, era de esas. ADORABA el inicio del curso escolar. El olor a estuche nuevo, a goma de borrar virgen, a libro sin usar, a forro plastificado, a cartera nueva… ¡A sobresalientes!(3)). El 31 de agosto era EL ecuador, el hasta aquí y desde aquí. El fin de una época, el principio de otra. Todos los veranos son iguales, todos los veranos son distintos, pero sus finales mueven idéntica sensación: “Esto se acaba, esto empieza”. Hay, en definitiva, una sensación de fin y principio, de ciclo que termina y ciclo que empieza, de rueda que se vuelve a poner en marcha.
  Y hasta aquí quería llegar, todo este rollo solo para llegar a la rueda que se mueve y que arrastra, con ella, las palabras, las líneas, los párrafos, las mujeres (y algún que otro hombre, venga), de las historias que hay en mi cabeza. Algunas nacidas durante este verano, otras escogidas de ese cajón en el que conviven las que se me caen de esta cabeza mía llena de ellas, y del que van saliendo poco a poco. A veces, cuando me asomo a ese cajón, me las veo a todas ahí, apretujaditas, mirándome con ojos de gatito de video de Facebook, chillándome “¡A mí, amita, a mí, escógeme a mí!”. Pero es que no puedo hacerlas circular en paralelo en una vía de un solo carril y a veces, parafraseando a Françoise Sagan, me encuentro lamentando no llegar a tener tiempo de sacar de él todas las historias que quieren salir, de escribir todas las historias que quiero escribir.
  Pero, puede que en paralelo no, pero una detrás de otra sí, así que voy a echar a girar la rueda y rodará (no sé si bien o mal, eso ya dependerá de vosotrxs, lxs lectorxs), y unas veces lo hará rodando historias de esa cabeza/cajón míos, y unas llevarán impreso un sello editorial, y otras el prefijo auto-, y unas serán novelas, y otras relatos, que saldrán en compañía de otros en antologías, o en solitario.

  Como sea, el final del verano llegó, y tú y yo partiremos. Solo espero que, sea cual sea nuestro destino, me acompañéis en este camino común de palabras escritas y palabras leídas, en el que yo trataré de hacerlo lo mejor posible y en el que espero contar con vuestra compañía y  beneplácito.
  Que lo intentaré, por mi parte, ya os aseguro que será así.
  Gracias, como siempre, por estar ahí.




(1) Sangonereta es un personaje de “Cañas y Barro”, de Vicente Blasco Ibáñez, que muere reventado después de ingerir alimentos de forma desproporcionada
(2) Para mí, que esto es algo personal, vaya. No hace falta que empaticéis conmigo de forma ferviente y ardorosa
(3) Sí, también era de esas :O)

No hay comentarios:

Publicar un comentario